sábado, 31 de octubre de 2009

Papi Mami El / Ella es:


Pocas circunstancias producen tantos nervios como el decisivo momento en que una chica te presenta oficialmente a su papá.
No importa si eres adolescente o adulto, tímido o apantallador, experto o primerizo. Da igual: a todos se nos estruja el estómago y sentimos el vacío en las tripas cuando, en medio de la sala, oímos el eco de las pisadas y los carraspeos que anuncian la inminente presencia del hombre que podría llegar a ser tu suegro.

A diferencia del encuentro con la mamá, que –-por novelera y celestina-– suele ser amable y cómplice, el careo con el papá está revestido de un épico aire de desafío del Oeste.
Cual si fuera un vaquero o un alguacil desconfiado, el papá se para delante de ti y durante inacabables segundos se dedica a analizarte de la cabeza a los pies.
Luego te aprieta la mano con excesiva firmeza (acaso temiendo que esa misma mano haya inspeccionado ya a varios) y, finalmente –-con una gracilidad que disimula sus verdaderos propósitos-– te somete a un cuestionario que en nada se diferencia de los vulgares test de comisaría: nombre y apellidos completos, lugar de trabajo y residencia, estudios realizados, nombre y ocupación de los padres. Más que en una entrevista profesional, uno llega a sentirse como en un proceso de control de calidad, como si fueses un pedazo de res, un corte de chancho o un embutido que solo recibirá su sello de garantía si cumple con los mínimos estándares de higiene.

A ese perfil responden los papás duros, celosos, a menudo militares, que sienten que el enamorado de sus hijas, antes que un hijo más, es un enemigo en potencia. Si vieron a Robert de Niro en la familia de mi novia saben a qué me refiero.
Sin embargo, otra será tu suerte si te topas con el otro clásico ejemplar: el papá patero. Ese con el cual hay una química inmediata y con el que, increíblemente, sobran las coincidencias: los dos son hinchas del mismo equipo, los dos eligen una cerveza cuando llegan a un restaurante, los dos son ligeramente comodones, machistas y no entienden por qué las mujeres se demoran tanto arreglándose en el baño.
A diferencia del papá–ogro, este papá descubre en el enamorado al hijo que nunca tuvo y, por esa natural afinidad, puede llegar a convertirse en un involuntario obstáculo para su propia hija.

Ahora hablemos un poquito de las madres o mejor de nuestras madres
Dejémonos de hipocresías. Si quieres ser completamente feliz con tu novia, ella tiene que caerle en gracia a tu mamá. Así de sencillo. Si tu madre no la aprueba, si no le extiende su venia ni le levanta el pulgar, tu vida –recuérdalo-- será una pesadilla .
Si tu chica no es bienvenida, tendrás que acostumbrarte a no llevarla a las reuniones familiares y, , a tomar distancia de tu casa.
Tu madre, desde luego, sancionará ese distanciamiento y te amonestará con días de mortal indiferencia y olímpico silencio.
Como parte de su estrategia de persuasión, dejará de prepararte esos ravioles de espinaca que tanto te fascinan, se olvidará de ordenar tu siempre revuelto dormitorio, y suspenderá esos laxantes masajes domingueros con que te solía engreír. Para decirlo más crudamente: si tu mamá no acepta a tu novia, tendrás que tender tu cama, hacerte el desayuno, y lavar kilos de medias y calzoncillos. Para los inuteles como yo, todo ese combo de labores caseras equivale a ser sometido a intensas jornadas de trabajos forzados en la cárcel. Antes que lavar calzoncillos y cocinar preferiría hacerle frente, una a una, a las diez plagas de Egipto.

Para agudizar la catástrofe, no encontrarás a nadie que medie por ti.
Los papás, por ejemplo, no se meten en esas cosas. Conscientes de que ellos también pasaron por un trance similar, te dan libre albedrío y carta abierta para que elijas a la chica que te gusta, y punto.
Pero de ahí a darse el trabajo de negociar, dialogar y tratar de convencer a tu mamá de que dé su brazo a torcer, imposible.
Los papás --acaso porque saben que podrían perder valiosos actos domésticos poniéndose de tu lado-- jamás asumen un papel pacificador o de abogado

Una mamá que censura a tu novia siempre dirá cosas como “Hijito, esa chica no es para ti”, “Ella no está a tu nivel”, “Una madre nunca se equivoca” o “Yo te aconsejo para tu bien”. Y si no es suficiente, recurrirá a dramáticas sentencias como “Esa mocosa te está cambiando” o “Ya ni con tus amigos sales”.
Una mamá incluso puede llegar a ser tan sabia y chantajista como para ponerse en plan de esposa abandonada y gritarte un sábado por la noche: “Claro, vas a gastarte tu plata con ella, pero a mí nunca me sacas. Ni un caramelo me regalas”.
Uno escucha esas frases puñaleras y siente que la vida lo ha puesto en medio de una batalla perdida, pues por otro lado tu novia te reprenderá acusándote de bebe y calzonudo: “¿Hasta cuándo vas a dejar que tu vieja te mande???”. vos vas a escuchar a las dos, pero querrás secretamente que la tierra se las trague por un buen rato, y te odiarás por no saber ser el árbitro justiciero que le ponga fin a ese combate disparejo.

Sin embargo, a pesar de esas tensiones dramáticas, creo honestamente que las cosas deberían ser exactamente así. Está bien que las dos mujeres de tu vida se disputen, sana y deportivamente, tu tiempo y tu cariño. Es lo natural. Sería ideal, por supuesto, que se tolerasen con mínima armonía, pero si no puedes conseguirlo hay que aprender a ver el lado divertido de esa la lidia celosa, ese torneo de egos femeninos, esa pulseada.

Mucho, pero mucho más peligroso es el amiguismo. Si tu chica y tu madre se llevan excesivamente bien y se caen de maravilla, preocúpate. Preocúpate y persígnate, porque ese será el inocente principio de una impensada cadena de desgracias: en lugar de tener a dos fierecillas enfrentadas una a otra, tendrás a dos monstruos mitológicos conspirando contra ti.

Será como tener a dos agentes de la CÍA metidos en tu círculo íntimo. Espiándote.
Tu chica dejará de decirle ‘señora’ a tu mamá y empezará a llamarla ‘Mami’. Se telefonerán a diario, inventarán contraseñas, canjearán chismes sobre ti: tu mamá le contará que todavía usas tu pijama de meteoro, y tu chica le informará que tienes unos lunares presumiblemente cancerígenos en ciertas áreas restringidas de tu cuerpo. Serán, pues, cómplices, socias, uña y mugre, insoportablemente mellizas. Y cuando eso ocurra que no te extrañe si una tarde regresas a tu casa y las encuentras a las dos riéndose en la cocina mientras preparan la comida.
-“
Esa sociedad mamá-novia debe ser desmantelada cuanto antes. Porque el día que rompas con la chica y vuelvas a tu casa y te tires en tu cama para pensar, maldecir o llorar (o las tres cosas juntas) tu madre --como una suerte de avejentada Virgen de la Anunciación-- aparecerá detrás de ti para interceder por la maldita ingrata mentirosa que te ha puesto los cuernos. “En el fondo la Patty es buena”, “Esa chica te quiere”, “Está confundida”, pontificará tu mamacita y tú solo querrás ponerle ‘mute’ para que te deje en paz de una vez por todas. Ella se irá decepcionada rumiando un consejo del tipo “Piénsalo, hijo.

Yo cuántas veces perdoné a tu padre”, y tú, que ya no tienes nada que pensar, y que te importan un comino los deslices de tu viejo, lamentarás en el alma el maldito momento en que se te ocurrió presentarlas.

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