Al inicio, toda relación es como una habitación vacía que los enamorados se encargan de ir decorando poco a poco. Las cien fotos que se tomaron juntos; los regalos de cada aniversario; los muñecos de peluche atorrantemente bautizados y tratados como hijos ficticios; las tarjetitas que compramos en el tren ; los boletos de cine de películas memorables; las medallas y pulseras con los nombres grabados; las postales de un viaje inolvidable; las entradas a los conciertos; las cartas –-las bonitas, las amargas-– escritas temblorosamente en una hoja de cuaderno.
Ese arsenal de cosas le da a una relación un respaldo escénico, un ambiente, un clima, un invisible papel. Pero, claro, el decorado sirve en la medida en que la habitacion está habitada, viva. Sin embargo, una vez que todo se pudre, se termina y se va al tacho hay que desmontar esa pesada escenografía, iniciar la mudanza y descolgar cada diploma, retirar cada afiche y despintar cada graffiti.
En el fondo, no sé qué es mejor: si deshacerse de todos los rastos, o guardarlos en, por ejemplo, una caja de zapatos, esa pequeña tumba de cartón en la que solemos enterrar los residuos humeantes de un amor perdido...
Antes me costaba mucho más desprenderme de ciertas evidencias físicas (cuando mi primera novia terminó conmigo demoré cuatro meses en sacar su foto de la billetera), pero con el tiempo he aprendido a minimizar esos souvenirs inútiles que dejan las relaciones que se rompen.
No soy tampoco de los chicos que, cuando los cortan, meten todo en una bolsa [una bolsa negra, para darle un aire más necrófilo a la situación] y, resentidísimos, la llevan hasta la puerta de la casa de la ex.
Ese arbitrario delivery de recuerdos me parece un tanto cruel y revanchista. Además, muchas veces la gente devuelve las cosas, con la manipuladora esperanza de que la otra persona se conmueva ante ese gesto despreciativo y considere la posibilidad de una segunda chance.
Si uno en realidad no quiere quedarse con ninguna reliquia de la ex, en lugar de devolverlas o esconderlas, simplemente que las extermine y listo. Que rompa las fotos, que queme las cartas, que regale las baratijas. El chiste está en hacerlo con decisión, sin culpa ni anestesia.
Lo malo de guardar esos recuerdos de las relaciones a una caja o baúl es que un día, digamos un sábado , estás limpiando tu cuarto, te encontras con esa caja llena de polvo y, en un acto entre nostálgico y masoquista, lo abres. Y como exhumar un ataúd siempre trae consecuencias, enseguida dejas de limpiar y te sientas con las piernas cruzadas a ver fotos, leer cartas, a reírte (o llorar) de las cartas en los que ella te escribió una dedicatoria.
Es bien raro eso. Es como husmear en tu pasado y sentir, por unos segundos, que en tu interior se remueven algunos cables . Es como forzar una puerta que tu memoria ya había tapiado. O –-si nos ponemos ultra metafóricos-– es como volver a una isla y contemplar los restos de tu propio naufragio: los huesos, las calaveras, los remos quebrados.
Pero la gente disfruta con esas ceremonias. A la gente le cuesta pasar la página del todo y por eso colecciona y agrupa minicadáveres cuya misión es imposible: eternizar algo que ya no existe o preservar lo que ya fue.
Yo también he sido un afanoso coleccionista de piezas escogidas de mi biografía amorosa. Pero eso se acabó. Mis últimos fines de semana los he dedicado a deshacerme de algunos objetos que ya no tiene sentido seguir conservando. Para qué retenerlos si ya perdieron su valor simbólico y dejaron de cumplir su finalidad original: hacerme sonreír. Es más, ahora me quitan espacio, me estorban , razones más que suficiente para darles de baja, ¿no creen? He empezado por regalar peluches cuyas miradas desorbitadas y estáticas me inquietaban cada vez que entraba a mi cuarto por las noches.
También he decidido incinerar algunas fotos y papeles. Eso sin contar las toneladas de e–mails, conversaciones por chat y fotos digitales que ya ‘deleteé’ de mi disco duro. Y no lo he hecho para espantar al monstruo del pasado, sino más bien para despedirlo oficialmente dándole las gracias por los servicios prestados.
Creo que esas extirpaciones son necesarias. Primero, porque es parte de una saludable limpieza interior y, segundo, porque necesitas que tu ‘habitación’ retorne a su vacío original. No vaya a ser que por ahí aparezca una niña con nuevos recuerdos baratos para ti, y tú no tengas lugar donde acomodarlos.
Ese arsenal de cosas le da a una relación un respaldo escénico, un ambiente, un clima, un invisible papel. Pero, claro, el decorado sirve en la medida en que la habitacion está habitada, viva. Sin embargo, una vez que todo se pudre, se termina y se va al tacho hay que desmontar esa pesada escenografía, iniciar la mudanza y descolgar cada diploma, retirar cada afiche y despintar cada graffiti.
En el fondo, no sé qué es mejor: si deshacerse de todos los rastos, o guardarlos en, por ejemplo, una caja de zapatos, esa pequeña tumba de cartón en la que solemos enterrar los residuos humeantes de un amor perdido...
Antes me costaba mucho más desprenderme de ciertas evidencias físicas (cuando mi primera novia terminó conmigo demoré cuatro meses en sacar su foto de la billetera), pero con el tiempo he aprendido a minimizar esos souvenirs inútiles que dejan las relaciones que se rompen.
No soy tampoco de los chicos que, cuando los cortan, meten todo en una bolsa [una bolsa negra, para darle un aire más necrófilo a la situación] y, resentidísimos, la llevan hasta la puerta de la casa de la ex.
Ese arbitrario delivery de recuerdos me parece un tanto cruel y revanchista. Además, muchas veces la gente devuelve las cosas, con la manipuladora esperanza de que la otra persona se conmueva ante ese gesto despreciativo y considere la posibilidad de una segunda chance.
Si uno en realidad no quiere quedarse con ninguna reliquia de la ex, en lugar de devolverlas o esconderlas, simplemente que las extermine y listo. Que rompa las fotos, que queme las cartas, que regale las baratijas. El chiste está en hacerlo con decisión, sin culpa ni anestesia.
Lo malo de guardar esos recuerdos de las relaciones a una caja o baúl es que un día, digamos un sábado , estás limpiando tu cuarto, te encontras con esa caja llena de polvo y, en un acto entre nostálgico y masoquista, lo abres. Y como exhumar un ataúd siempre trae consecuencias, enseguida dejas de limpiar y te sientas con las piernas cruzadas a ver fotos, leer cartas, a reírte (o llorar) de las cartas en los que ella te escribió una dedicatoria.
Es bien raro eso. Es como husmear en tu pasado y sentir, por unos segundos, que en tu interior se remueven algunos cables . Es como forzar una puerta que tu memoria ya había tapiado. O –-si nos ponemos ultra metafóricos-– es como volver a una isla y contemplar los restos de tu propio naufragio: los huesos, las calaveras, los remos quebrados.
Pero la gente disfruta con esas ceremonias. A la gente le cuesta pasar la página del todo y por eso colecciona y agrupa minicadáveres cuya misión es imposible: eternizar algo que ya no existe o preservar lo que ya fue.
Yo también he sido un afanoso coleccionista de piezas escogidas de mi biografía amorosa. Pero eso se acabó. Mis últimos fines de semana los he dedicado a deshacerme de algunos objetos que ya no tiene sentido seguir conservando. Para qué retenerlos si ya perdieron su valor simbólico y dejaron de cumplir su finalidad original: hacerme sonreír. Es más, ahora me quitan espacio, me estorban , razones más que suficiente para darles de baja, ¿no creen? He empezado por regalar peluches cuyas miradas desorbitadas y estáticas me inquietaban cada vez que entraba a mi cuarto por las noches.
También he decidido incinerar algunas fotos y papeles. Eso sin contar las toneladas de e–mails, conversaciones por chat y fotos digitales que ya ‘deleteé’ de mi disco duro. Y no lo he hecho para espantar al monstruo del pasado, sino más bien para despedirlo oficialmente dándole las gracias por los servicios prestados.
Creo que esas extirpaciones son necesarias. Primero, porque es parte de una saludable limpieza interior y, segundo, porque necesitas que tu ‘habitación’ retorne a su vacío original. No vaya a ser que por ahí aparezca una niña con nuevos recuerdos baratos para ti, y tú no tengas lugar donde acomodarlos.
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